LA NIÑA NACIÓ EN LA PATERA (Lucas 2,1-20)

1 diciembre 2013

Era joven, negra de piel y estaba casi deshidratada y con hipotermia. Traía en las manos una niña recién nacida. ¡Había nacido una niña en la patera! Los voluntarios y los servicios médicos metieron rápidamente a la niña y a su madre en una ambulancia y las condujeron al hospital. Baño, ropa limpia, una confortable cama, sueros, vitaminas… Por fin había llegado a la tierra prometida. ¡Se parecía tanto al relato de la Navidad de los cristianos!, pensaba ella. Porque la habitación estaba siempre llena de enfermeras, auxiliares, médicos, interesándose por la madre y la niña, esa niña tan negra y con esos ojos tan grandes y tan preciosos. Le regalaron una cesta con un montón de cosas para su niña. No podía dejar de sonreír al recibir tanto regalo y tanto mimo. Por un momento pensaba que su niña y ella eran el centro del universo y que una buena estrella se había posado sobre ellas. ¡Bendito sea Dios!, terminó murmurando entre sonrisas y abrazando a su hija.

Mientras, sus compañeros de patera habían sido llevados a unos barracones improvisados que no tenían luz ni agua corriente. Esos días habían llegado tantas pateras que todos los centros de acogida habían quedado desbordados. Los voluntarios se esforzaban hasta la extenuación para procurarles un mínimo de bienestar y recuperarlos de la traumática travesía que habían superado. Bueno, todos no, otra mujer embarazada y un hombre de 60 años no lo habían podido resistir.

En la oficina de extranjería, a esa misma hora tan temprana, la actividad era ya frenética, algunos se comunicaban incluso a voces, parecía como si estuvieran enfadados. Es posible que se tratara de unos funcionarios que estaban trabajando sin parar 24 horas y, aun así, no daban abasto. Recogían y procesaban los datos de todas las personas que habían llegado esos días en patera, procedían a realizar los grupos correspondientes y examinaban caso por caso para ver a cuántos podían devolver inmediatamente a su país, gracias a los acuerdos bilaterales firmados hace poco. El caso es que ninguno venía con papelesidentificativos y era muy difícil la labor. Por lo que a muchos les esperaba el ser repartidos por las distintas ciudades de España sin más equipaje que un pequeño hatillo de ropa, una bolsa con un bocadillo y una botella de agua.

Mientras tanto, la madre y su hija se recuperaban estupendamente. La niña ya mamaba y sonreía cuando le hacías carantoñas. No entendía a una mujer y un hombre que en la puerta estaban discutiendo qué hacer con ellas. Él decía que la madre debía ser devuelta inmediatamente y que de la niña se hicieran cargo los servicios sociales. Una enfermera contentísima les decía: ¡Me la quedo yo, me la quedo yo!, refiriéndose a la niña. Pero la funcionaria se ponía muy seria ante la barbaridad de uno y de otra y se lo recriminaba.

¿Dónde vamos a meter a tanta gente este invierno, por Dios?, se preguntaban en la Delegación del Gobierno. Los barracones no podemos ponerlos en el mismo barrio que el año pasado, dicen en el Ayuntamiento, pues la asociación de vecinos está preparando movilizaciones en la calle si se nos ocurre ir por allí y lo que menos nos interesa a unos meses de las elecciones es ponernos a los vecinos en contra. ¡No sé qué vamos a hacer, no sé…!

¿Y cuando descubran todos los que aquí quedan que la tierra prometida les reserva trabajos de esclavos, mal pagados o nada pagados, prostíbulos, intemperie, frío, racismo, indefensión…? En su brazo han marcado a fuego: ¡Ilegales! Esos son los que quieren quedarse con nuestro trabajo y parte de nuestro bienestar, apostilla lleno de razones uno. Sí, sí, tú piensa lo que quieras, pero una ley que hace ilegales a personas que vienen buscando desesperadamente la vida, porque este sistema nuestro se la niega en su tierra, es una ley injusta y hay que desobedecerla. Mira que te van a trincar como sigas diciendo eso. ¡Qué le vamos a hacer! Es que los cristianos luchamos por la dignidad de las personas en el mundo, pero si ni siquiera tienen la oportunidad de vivir y ser felices donde ellos quieran y se les niega todo derecho. Supongo que habrá que conseguirles el derecho a ser personas y, después, el derecho a un trabajo digno, a una vivienda digna… ¡Digo yo!

En la habitación donde está la madre africana están muy contentos. La mamá no se pierde detalle, no quiere olvidar nada y lo guarda en su corazón con mucho cuidado para poder contárselo a su hija algún día. La tristeza de haber perdido a su marido en otra travesía anterior en patera se disipa ahora al comprobar que ella está bien y, sobre todo, su hijita querida.

Todos comentan lo bonita que es la niña, que si sus ojos hermosos, que si su pelo anillado, que si sus manitas regordetas… Una franca sonrisa es lo que provoca esta niña en todas las personas que la ven. Incluso han conseguido enseñar a la mamá un villancico y la recién llegada y todos juntos se lo cantan a la niña que nació en la patera: “¡Noche de amor, Noche de paz!”

Domingo Pérez

Molina de Segura, Murcia

 

 

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