Educar para afrontar las adversidades

1 septiembre 2011

La psicóloga Alicia Banderas, autora de Hijos felices (Cúpula), hace hincapié en la importancia de la resiliencia -la capacidad de sobreponerse al dolor emocional y a traumas- dentro de la enseñanza. «Es muy importante educar para fortalecer y afrontar esas inevitables dificultades que aparecen en la vida». Y habla de las herramientas para conseguir que los niños asuman valores tan esenciales como la empatía, la responsabilidad o la autoestima.

  • La adolescencia problemática no es un fenómeno que surja súbitamente, en opinión de esta profesional, sino que aparece como resultado de cierto comportamiento en el seno de la familia. El paso de un estilo autoritario a otro permisivo ha generado una escasa resistencia a la frustración.  «No se ponen normas ni se niega nada porque, en el fondo, hay un sentimiento de culpa fruto de la escasa atención que se dedica a los hijos». Esa carencia se suple proporcionando todo tipo de cosas materiales. «La idea que subyace es que para el poco tiempo que se les puede conceder no hay que crear dificultades».
  • Frente a esta opción, apuesta por un amor sin barreras. «Hay que querer incondicionalmente», y rechaza la pretensión de muchos padres de manipular al hijo para que se convierta en lo que ellos pretenden. «Deben respetar su personalidad, lo que también implica poner límites, establecer normas y aprender a decir que no».
  • Banderas también advierte sobre la habitual falta de equilibrio entre esfuerzo y recompensa. «Ahora, independientemente de lo que hagan, tienen la ‘play’ y todo lo que deseen». Y lamenta que no se potencie la cultura del trabajo.

También alerta sobre la erotización de la infancia, un fenómeno que prodiga productos como sujetadores, tangas o pintalabios específicos para niñas.

  • El deseo de perfección ha generado otro mercado con la excusa de estimular el supuesto talento del menor. «Es preciso discriminar». Y advierte contra la tentación de convertir al pequeño tenista en un Rafa Nadal, aunque tal deporte no constituya su pasión. «No tiene sentido apuntarles a un montón de actividades extraescolares ajenos a sus gustos. Frecuentemente, no se les escucha ni se observan sus potencialidades». En este aspecto, aunque apunta lo positivo de saber motivar, recalca la necesidad, no menos importante, de enseñar a perder.
  • La educación paritaria aparece como uno de los avances más destacados a juicio de la especialista y, por ejemplo, los juguetes parecen haber perdido el carácter sexista. Sin embargo, hay otros cambios preocupantes, como el adelanto en la aparición de la adolescencia. «Antes, los pequeños de nueve años idolatraban a sus padres. Ahora, a esa edad, sueñan con Beyoncé o Hanna Montana y sufren trastornos alimenticios». El uso de la violencia es otro fenómeno que también ha experimentado una equiparación entre niños y niñas.
  • El consumo de drogas aparece entre las principales obsesiones de los padres. «Tenemos que diferenciar entre probar y colgarse de ellas, generalmente chavales con poca tolerancia a la frustración y baja autoestima». La psicóloga recomienda fortalecerla e informar sobre los riesgos. «Aunque, a veces, en temas como la sexualidad aparece el temor de que explicar acabe siendo un incentivo». En su opinión, se han de abordar las consecuencias de estas conductas y fomentar otras inquietudes, deportivas y culturales, que puedan convertirse en una alternativa para el ocio.
  • A menudo, cierto sentido gregario conduce a prácticas poco saludables entre los más jóvenes. «La necesidad de sentirse aceptado es típica de la adolescencia; necesitan pertenecer a un grupo que los acepte, por eso es tan importante potenciar la autonomía, que sepan decir que no o sentirse libres para hacer lo que prefieran sin sufrir presiones de los demás». Ese aprendizaje se ha de comenzar desde muy temprano. «Los tres primeros años son cruciales y, a ese respecto, es importante que los hijos se sientan queridos, sin sobreprotección, y que cuenten con adultos de referencia en esa educación en valores».

Gerardo Elorriaga

El Correo, 9/05/2011

 
 

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