Elogio de la lentitud

1 abril 2005

Carl Honoré, Elogio de la lentitud (RBA, 2005)
La lentitud nos exaspera. Pero, según Carl Honoré, erramos. Un día se apercibió de la velocidad con que le leía un cuento a su hijo, saltándose páginas, porque quería revisar su correo en el ordenador y hacer mil cosas más. Se asustó. Y se interesó por el movimiento Slow (Lento). Su libro Elogio de la lentitud,traducido a 15 idiomas, explica los beneficios de la desaceleración.
-La lentitud es torpeza, aburrimiento, pereza…
-¡La lentitud es disfrutar de la vida!
-¿Qué hacemos? ¿Tiramos el reloj a la basura?
-Reemplazar el culto a la velocidad por el culto a la lentitud sería un error. Propongo dedicar a las cosas el tiempo que merecen. Desacelerar.
-Una medida de urgencia.
-Apagar el televisor -el europeo medio pasa unas cuatro horas diarias frente al aparato-, coger un papel y un lápiz, confeccionar una lista de actividades diarias y empezar a tachar las prescindibles. Tememos a la inactividad. Buscamos atajos. Colocamos la cantidad antes que la calidad. Y el movimiento Slow antepone la calidad a la cantidad.
-¿Usted ha echado el freno?
-¡Ya lo creo! Y tengo mucha más energía. Me siento más conectado con todo. Disfruto más. Hay que saborear la vida, no sobrevivirla. La revolución del concepto del tiempo es una nueva revolución cultural.
-Cronos ya estaba presente en la mitología griega…
-Pues todo empezó a ir mal cuando instalaron relojes en las plazas de los pueblos. Se impusieron leyes para estructurar el horario. El tiempo empezó a medirnos a nosotros. Luego la tecnología empeoró el asunto, hasta llegar a una sociedad de gente que se enoja cuando las cosas no van a la velocidad del ratón.
-Incluso dice que estamos en la era del furor.
-Sí. El apresuramiento hace que la gente esté siempre a punto de explotar. Así, gente normal, buena gente, en un atasco, es capaz de enloquecer. Creo que estamos rozando el punto de ruptura. Se nota en los problemas de salud pública -depresión, estrés, ansiedad, obesidad-; en el fracaso de la pareja, en la dificultad para relacionarnos, en el alto absentismo laboral. Y ¿sabe lo peor? Hemos contagiado el virus de la velocidad a los niños. Las primeras palabras que aprenden son «venga» y «date prisa». En nuestra infancia de tiempos desestructurados, inventábamos cuentos y juegos. Ahora la ansiedad infantil es frecuente.
-¿Qué dice el movimiento Slow?
-La idea es sencilla: buscar el ritmo adecuado para cada cosa.
-¿Así de simple?
-Sí. Hasta ahora sentíamos en las entrañas que algo iba mal, pero seguíamos acelerando por miedo o inercia. Aunque cada vez hay más gente que reaprende a cambiar de marchas. Y, cuando lo hace, ve que la vida no desaparece, sino que se relaciona, come, trabaja y practica sexo mejor.
-Vayamos por partes. ¿Cómo es una ciudad lenta?
-La ideal es una ciudad de menos de 50.000 habitantes que busca el ritmo humano: aumenta las zonas peatonales, instala bancos, planta árboles y setos. Hay un protocolo de 55 puntos, pero la idea central es que debe respetar los diversos ritmos de los ciudadanos.
-¿Y la comida lenta?
-¿Sabía que un almuerzo en un fast food se resuelve en 11 minutos? Pues la comida lenta, muy desarrollada en Italia, con Carlo Petrini a la cabeza, preconiza cultivar, cocinar y consumir la comida a un ritmo natural y lógico. Y pueden ser cambios pequeños. Se tarda tanto en cocinar una buena pasta, como en esperar al motorista de las pizzas… La mejor manera de aprovechar la vida es desacelerar, créame. La prisa ha colonizado incluso el ocio. Cuando tenemos tiempo libre, corremos para llenarlo de ruido y distracción. Quizá la evasión sea una forma de evitar las grandes preguntas…
-Disculpe, pero suena a filosofía para gente rica.
-¿Rica? ¿Es caro caminar, hacer pausas en el trabajo, cerrar la tele, meditar, dedicar más tiempo al sexo, no consumir comida rápida? ¡Lo caro es no ir lento! Si incluso en los países anglosajones las empresas empiezan a montar zonas de relax y lugares para la siesta de los empleados…
-¡Qué me dice!
-Lo que oye. ¿Quién ganó la carrera, la tortuga o la liebre?
NÚRIA NAVARRO,  El Periódico, 2.1.200
 
 

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