¿Hay un rostro mediático de Dios? El rostro de Dios en los MCS actuales

1 abril 1999

Pie Autores

Norberto Alcover es periodista y profesor de Teoría de la Comunicación en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid).
María Teresa Simón es psicóloga dedicada a cuestiones relativas a la Psicología de la Comunicación.
 
Síntesis del Artículo
Aunque la pequeña parte visible del «iceberg postmoderno» aparece como arreligiosa, es posible ir entreviendo en nuestra sociedad el rostro de Dios. En esta perspectiva, los autores tratan de guiar con una doble propuesta: por un lado, ofrecen ciertas pistas para descubrir «algunos rostros divinos en las zonas profundas de los productos mediáticos»; por otro, señalan las «condiciones psicológicas de posibilidad para poder detectar tales rostros».
 
 
            Introducción interrogante
 
Parece claro a estas alturas que la modernidad concluyó con el grito un tanto desabrido de «la muerte de Dios» y «el silencio de Dios». Todavía se podía dar una cierta pastoral en torno «al hecho divino», porque formaba parte de los referentes sociales, por lo menos en el Occidente de raíz cristiana, pero de hecho era el mismo Dios quien se nos antojaba lejano, silencioso, hasta resultar como mortecino o, inclusive, como muerto en el conjunto de datos sociales que preanunciaban la fragmentariedad disoluta de la postmodernidad rampante.
 
La sociedad de los ochenta, con la imposición definitiva de los cánones anglosajones de origen, sobre todo yanqui, se hacía de forma definitiva inmanente y, con lentitud pero sin pérdida de resuello, optaba por un Jesucristo intrahistórico, más aquí del Señor de la Resurrección en el que todos éramos lanzados al misterio de lo eterno. La vida eterna, dicho sea sin remilgos, se desvanecía y comenzaba un culto pragmático y resolutivo por un evangelio de la cercanía, completamente desprovisto de divinidad.
Este recurso, en una materialización de lo divino, impedía que Dios estuviera silencioso o muerto, pero daba a luz otro tipo de divinidad en la personalidad críticamente acerada de un Jesús de Nazaret que denunciaba no tanto el pecado de egoísmo teológico cuando el exceso de consumismo postmoderno.
El carpintero de Galilea es necesario en nuestros días para revolver nuestra conciencia enfermiza de «consumistas compulsivos» mientras los pobres se mueren de hambre. Solamente que, así, tipo alguno de salvación puede sobrevenirnos, ni frente a los demás (que permanecen igual), ni frente al conjunto de la historia/sociedad, que sigue siendo la misma a pesar de coyunturales rectificaciones. Es un saldo de las buenas intenciones, sobre todo cuando todo se transforma en libros sobre profetas, ángeles y criaturas maravillosas que nos consuelan pero que no nos solucionan nada definitivo.
 
¿Puede aparecer Dios en cuanto Dios en este contexto edulcorado y lleno de tarjetas de crédito? ¿Tiene sentido buscar el rostro de alguien que se define como amor purísimo, precisamente en un contexto dominado por el egoísmo de la oferta/demanda? ¿Los dioses que descubrimos alcanzan alguna relación intrínseca con el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, más allá de irenismos al uso? Porque podemos llenar páginas de buenos descubrimientos sobre dios, pero resultar que nada tienen que ver con nuestro Dios, lo que no deja de ser una clamorosa falacia de cara a la pastoral y a la existencia desde la fe.
 
Pues bien, esta interrogante introducción deriva en esta constatación irrefutable: el inmenso iceberg que recorre nuestras gélidas aguas postmodernas, se autoexpresa, sobre todo, en el conjunto de realidades mediáticas a mano de cualquier ciudadano desarrollado, y así, lo más accesible mediático resulta lo más oscuro en la manifestación de lo divino. La breve pirámide de hielo que aparece sobre la superficie social (la pirámide mediática) es arreligiosa y, en determinadas situaciones, irreligiosa, a pesar de posibles ulteriores lecturas que nosotros mismos intentaremos proyectar. Todo lo cual nos deriva hacia la pregunta concluyente: ¿es posible descubrir el rostro de Dios, sin parodias facilitonas, en esa masa de hielo societario que adopta las formas mediáticas del cine, de la radio, de la prensa, de la televisión, de la publicidad, de la música grabada y algún otro aditamento al uso?
En cuanto sigue, desarrollaremos nuestra respuesta que, a pesar de lo escrito ya, no será tan única ni tan homogénea. Nos sumergimos, en consecuencia, en una travesía marítima en que los iceberg descritos depararán sorpresas inusuales.
 
 

  1. Los sumergidos rostros de Dios

 
En este primer capítulo, intentaremos dar pistas para descubrir algunos rostros divinos en las zonas profundas de los productos mediáticos, mientras en el siguiente ofrecemos las condiciones de posibilidad psicológicas para poder detectar tales rostros, concluyendo con una reflexión teológico-antropológica que sustenta todo este edificio tan plural y desconcertante. De esta manera, elaboramos un discurso tan asequible como recio, evitando dar soluciones inmediatistas y superficiales.
 
 
1.1. La zona exacta del descubrimiento
 
Si tomamos como referentes continuos productos como el Telediario que presenta Matías Prats, el espacio Tómbola, el magazine radiofónico que conduce Iñaki Gabilondo y que se titula Hoy por hoy, las páginas de Opinión de El País o suplemento cultural de ABC, las pantallas eróticas de Internet, los repetidos anuncios publicitarios dedicados a ese reciente modelo de Golf, y nada digamos a últimas películas como La vida es bella (Roberto Benigni), Celebrity (Woody Allen) y La delgada línea roja (Terrence Malick), entre tantas otras posibilidades, nos es posible definir la zona exacta donde descubrir, de forma muy plural, el rostro de nuestro Dios. Intentemos acotar esa delicada zona.
 
Habla Michael Paul Gallagher de una religiosidad anónima, realidad que considera como una posibilidad real de pre/evangelización, y que nosotros postulamos como un acceso también real a los aledaños de las manifestaciones de la divinidad. Porque el problema de fondo, siguiendo lo sugerido en la interrogación inicial, es que los medios, en general, para nada presentan productos que nos comuniquen directamente el rostro de Dios. Y sin embargo, en sus comunicaciones simplemente humanas (cuando son humanas), late, queriéndolo el autor o sin pretenderlo, una especie de «humanismo cristiano» de raíces claramente evangélicas, tanto por presencia como por ausencia.
Quiere decirse que Dios en cuanto Dios rarísimamente está, pero su imagen surge, tantas veces muy difuminada, en esos productos mediáticos que nosotros, sin ir más allá, hemos citado: en unos porque determinados valores se insinúan descaradamente, y en otros porque la ausencia de toda referencia provoca un sentido de la lejanía mordedor de conciencias siempre nostálgicas de «algo más» en la vida cotidiana.
 
Esa zona «del Dios indirectamente aparecido mediáticamente» es la zona que proponemos para moverse en este intrincado universo de postmodernidad y fragmentación en que nos solemos mover, inclusive desde el interior de la Iglesia, lo que elimina del todo una actitud completamente negativa ante el fenómeno. Dios no guarda un silencio total, como tampoco Dios está muerto. Sencillamente, se abre camino, con una delicadeza siempre respetuosa de nuestras decisiones un tanto arreligiosas, por las entretelas humanísticas de alto voltaje evangélico o, al contrario, por esas misteriosas veredas en que su negación por ausencia se convierte en un clamoroso grito de deseo insaciado.
Salvo contadísimas ocasiones en que Dios se nos muestra de forma directa, es un grave error buscarle en lo mediático en otro lugar de naturaleza diferente a los indicados. Pero esto no es poco, y solamente requiere unas condiciones psicológicas de búsqueda y de encuentro que inmediatamente comentaremos.
 
1.2. Modalidades mediáticas del rostro de Dios
 
¿Puede hablarse de «modos divinos» de presentación mediática? Por supuesto, y además de forma genérica en el conjunto de los medios de comunicación. Los materiales reunidos anteriormente siguen siendo significativos, y a ellos, en su conjunto, volvemos a referirnos, pero sin perder de vista cuanto consumimos mediáticamente hablando. Estos son los «modos divinos» indirectos que deducimos de nuestros análisis:
 
Ä El rostro de Dios en el mismo rostro humano, en todas sus manifestaciones, situaciones y querencias, en la línea más rabiosamente teologal de la encarnación y de la pascua. El espacio de Gabilondo, repetido en la SER cada mañana, permite acceder a una gama de humanismos en los que laten dimensiones certeras de nuestro Dios tan humano, tan traído y tan llevado, según los parámetros de las alternativas cotidianas. Es el rostro en la queja de un ciudadano que protesta, es el rostro en una última noticia sobre un descubrimiento científico, es el rostro en las palabras de una madre entrevistada, es el rostro en un momento distendido de humor, es la misma actitud de Gabilondo, siempre educada, respetuosa y favorecedora de lo bueno y justo, la que genera rostro de Dios a lo largo del espacio. Problema único: acertar a descubrir ese rostro más allá de aprioris ideológicos y de gustos rabiosamente personales.
 
Ä El rostro de Dios en la búsqueda de la verdad, sabiendo que la verdad se busca de forma muy variada y desde ópticas muy diversas, sin que exista, desde una perspectiva humana, una verdad tan absoluta que elimine toda otra verdad. Las páginas de opinión de «El País» o las culturales de «ABC», entre otras, nos permiten acceder a este rostro de un Dios que permanece existente y mostrado en las opiniones, autorías, textos, polémicas, debates, y el largo etcétera de la producción idealógica y cultural en general. En las exigencias democráticas, está Dios; y en las reivindicaciones ciudadanas, también lo está; y en una crítica literaria que nos permite el acceso a una determinada forma de belleza, jamás está ausente; y en el reclamo de cualquier identidad histórica, siempre se hace presente; y no digamos cuando es el mismo hecho religioso el que resulta analizado en directo como hecho intelectual o cultural, entonces la divinidad hecha carne aflora con específica intensidad. Problema único: acertar a descubrir ese rostro más allá de aprioris ideológicos y de gustos rabiosamente personales.
 
Ä El rostro de Dios en las narraciones existenciales que conforman una parte importante de los filmes actuales, con todas las excepciones que se quieran pero que están ahí, reclamando nuestra atención. Es la bondad en la contemplación de la misma vida a pesar de tanto mal acumulado (La vida es bella), es la caducidad de la enfermiza ambición que atraviesa el universo de las celebridades (Celebrity), es el agonismo casi fraternal de la guerra en su estado puro (La delgada línea roja), es este detalle narrativo y este otro en que aparece el rostro de un Dios que se desparrama en la sucesión de acciones fílmicas, recomponiendo una especie de «historia de la salvación contemporánea». Dios se hace suma de narraciones humanísticas, surgiendo algo tan teológico como pueda ser su pluralidad teofánica en el mismo quehacerse de la acción humana. Problema único: acertar a descubrir ese rostro más allá de aprioris ideológicos y de gustos rabiosamente personales.
 
Ä El rostro de Dios en el vacío hipersexual tantas veces repetido y que adquiere un lugar de absoluta referencia en la frivolidad y paroxismo del espacio televisivo Tómbola, punto de llegada del impudor y de la agresión a zonas tan respetables como son las sentimentales/corporales, en un clima de compra/venta en que los telespectadores son laminados en su dimensión más discretamente ética y moral. Bazofia pura para consumo de masas, que encuentra un referente perfecto en las múltiples posibilidades de Internet. ¿Qué rostro divino aparece precisamente aquí? Puede que el rostro oculto porque nosotros lo hayamos ocultado en aras del misterio del pecado. Puede que el rostro misericordioso del padre del hijo pródigo, porque también en estos casos el Señor sale cada amanecer por si alguno de los repetidos protagonistas de este espectáculo degradante «decidiera volver». Es el rostro de la ausencia, de la lejanía, del vacío teologal, precisamente en el contexto de algo tan sagrado, por tan creado, como es el mundo corporal y sentimental de la criatura humana. Problema único: acertar a descubrir ese rostro más allá de aprioris ideológicos y de gustos rabiosamente personales.
 
Ä El rostro de Dios en tantos mensajes publicitarios, lugar preferente de la cultura contemporánea, que es cultura de seducción, de la subversión y de la sugestión. La publicidad traslada hasta el consumidor creyente el deseo en su estado puro, aunque resulte un deseo consumista y manipulado de antemano, pero deseo a fin de cuentas. El modelo Golf, de la casa Volkswagen, viene desarrollando una serie de sports publicitarios en que la referencia popular es un conjunto de datos descaradamente religiosos, alcanzando la cumbre de la iconía dicente con ese interrogante sobre la imagen del modelo citado: «¿Crees en Golf?», sumándole al interrogante toda una leyenda sobre el mundo de la misma fe, que acaba por aplicarse al coche en cuestión. Resulta evidente que este traslado publicitario desde lo religioso en cuanto tal a lo consumible descarado es sumamente peligroso (desde la fe trascendente a la fe inmanente), pero no deja de significar el atractivo que segrega un lenguaje tradicional en que muchos todavía andamos implicados. Pero hay mucho más: la belleza erótica de los perfumes, la corporalidades desplegada de los productos de cosmética, el cariño maternal en tantos spots de majares infantiles, y tantos otros instantes en que junto al reclamo estrictamente publicitario/consumista, surge el referente antropológico de carácter divinista. Problema único: acertar a descubrir ese rostro más allá de aprioris ideológicos y de gustos rabiosamente personales.
 
Ä El rostro de Dios en la pura información, lo que abarca al conjunto mediático, pero muy especialmente, dada su complejidad, a los informativos televisivos, entre los que destacan los Telediarios. Cuando uno escucha a Matías Prats, tan discreto, sencillo y asequible, uno tiene la percepción de que realmente le están poniendo en contacto con lo sucedido, de tal manera que lo sucedido entra a formar parte cotidiana de la propia vida sin aspavientos, creándote un sin fin de reacciones en cadena hasta modificar, sin darnos cuenta, nuestras reacciones interiores. Nada hay más comunicativo del rostro de Dios que la información en estado puro, porque entonces «el suceso humano» denota y connota «el suceso divino», todo ello asumido bajo el dogma excelente de la encarnación de Dios. Es el mismo Señor de la Historia quien nos la va contando, no siempre como Él mimo querría que aconteciera, pero siempre desde los datos empíricos respetables. Es evidente que la responsabilidad de un presentador de Telediario es mucho mayor que la de cualquier otro profesional de la pequeña pantalla, dado que ofrece su materialidad como soporte directo para la información en cuanto tal. Problema único: acertar a descubrir ese rostro más allá de aprioris ideológicos y de gustos rabiosamente personales.
 
En alguna forma hemos pretendido desarrollar todos los «modos divinos» que aparecen en el conjunto mediático. Solamente, sugerir, mediante la relación con determinados productos de ese universo, seis casos en que el rostro de nuestro Dios se hace patente, casi siempre indirectamente, en nuestras vidas y en nuestras sociedades. Dejamos a cada agente de pastoral el trabajo de ampliar este horizonte, con la seguridad de que cuanto llevamos escrito le iniciará en esa búsqueda sin aprioris y sabiendo vencer los exagerados gustos personales. El experto mediático, y todo pastoralista debería comenzar a serlo, se despoja de su idiosincrasia de gustos e inclinaciones inmediatas, para comenzar a moverse objetivamente entre las sinuosas formas de la divinidad emergente y esparcida. Porque ese Dios siempre misterioso (detalle que convendrá retener) tenemos la seguridad de que no se está quieto e indiferente en su inmensidad sino que se mueve, antropológicamente hablando, en estos pagos nuestros, en ocasiones nada sublimes y sí tocados por la zarpa de la inhumanidad tantas veces pecadora. Y sin embargo su rostro está, como en el contencioso del paraíso…
 
 

  1. Condiciones psicológicas para el descubrimento

 
Dependiendo de la personalidad de cada uno, será más fácil acceder al descubrimiento de este Dios inmerso en los MCS y que tantas veces nos cuesta identificar. La persona que posea alguno de los siguientes rasgos psicológicos será capaz de realizar esta compleja tarea de forma más espontánea y sencilla. Veamos.
 
2.1. Capacidad de escucha
 
Los medios emiten constantemente sus mensajes, sin preocuparse demasiado de si el receptor descubre los auténticos mensajes subliminales que nos hacen llegar. Bombardeados como estamos por una sociedad absolutamente mediatizada, desde el momento en que ponemos el pie en el suelo oímos la radio, vemos la televisión, leemos la publicidad del autobús, nos informamos con el periódico o nos distraemos con una película. Sin darnos cuenta, somos auténticas dianas de mensajes comunicativos; pero, ¿simplemente oímos o escuchamos?
 
Oír es un acto involuntario que realizamos de una forma casi automática, mientras que escuchar significa procesar la información que recibimos para elaborarla desde nuestra particular cosmovision de la vida. Si no nos paramos para realmente escuchar qué nos dicen, iremos recibiendo una serie de mensajes a los cuales no prestaremos atención y que de tanto escucharlos perderán relevancia conscientemente, aunque calen en nuestro conocimiento de forma inconsciente. ¿Cuantas veces hemos oído la noticia de un atentado terrorista y, por la fuerza de la repetición, ya no nos conmovemos lo más mínimo? Seguramente si nos paráramos un momento a pensar y analizar el mensaje recibido, a escucharlo, nos estremecería hasta lo más profundo de nosotros mismos.
Si no estamos atentos y somos escuchadores de los mensajes mediáticos que nos lanzan, difícil será encontrar a un Dios tan escondido, por miles de envoltorios, como se nos presenta en la actualidad.
 
2.2. Capacidad de apertura hacia los otros
 
El vivir cotidiano tiende a encerrarnos en nuestros pequeños mundos: el trabajo, los amigos, la familia, la comunidad…, realidades todas perfectamente válidas, en las cuales debemos de dar lo mejor que podamos de nosotros mismos. Sin embargo, para poder descubrir los rostros de Dios en nuestra sociedad actual tenemos que ser capaces a abrirnos a otras realidades y a otros mundos distintos y distantes de nuestra inmediatez más directa.
 
El avance tecnológico de los MCS hace que tengamos la posibilidad de estar informados de cualquier acontecimiento que ha ocurrido hace unos minutos en la parte más lejana del mundo. Un ejemplo reciente lo tenemos cuando, gracias a Internet, muchas personas supieron de la tragedia del huracán Mitch en Centroamérica, poco después de su aparición. Por tanto, la tecnologización de nuestra sociedad nos impide poner la excusa del «yo no lo sabía», tan aprovechada en otros momentos históricos.
Si nos preocupa qué les pasa a las personas que nos rodean, en ambientes más o menos cercanos al nuestro, los MCS ayudarán a descubrir el rostro de Dios en aquellas situaciones que están viviendo los otros.
 
2.3. Capacidad crítica y actividad
 
En una sociedad postmoderna como la nuestra, no solemos tener tiempo para reflexionar detenidamente, por eso es más fácil asimilar todos los mensajes que nos lanzan sin esa capacidad de crítica tan necesaria en las personas que quieren encontrar un Dios escondido por los medios pero subyacente en la realidad humana.
Criticar no es destruir los argumentos de nuestro interlocutor simplemente porque no nos gustan o porque no están acordes con nuestras ideas. Criticar es cuestionar los planteamientos apoyados por nuestras convicciones y siempre pensando en lo que puede ser más positivo para todos. No se trata de decir que la programación televisiva es espantosa, sino en dar alternativas para que esté más acorde con unos valores que queremos vivir; o no se trata aceptar todas las informaciones que me da el periódico que compro todos los días, sino de ser capaz de analizar lo positivo y lo negativo que hay en cada una de las informaciones. Simplemente censurar, desacreditar o aceptar todo lo que nos plantean los MCS son actitudes tan negativas para descubrir a Dios que jamás seremos capaces de encontrarlo.
 
Y porque criticar significa estar activos, pendientes de lo que ocurre, con ganas de seguir conociendo y aprendiendo, la actividad, el ser personas que hacen cosas porque saben lo que quieren, nos llevará a preocuparnos y ocuparnos de que los MCS estén presentes en nuestra vida como un elemento más que permite acercarnos, y por tanto, acercar más a Dios a los hombres.
Capacidad de escucha, de apertura hacia los otros y también capacidad de crítica y actividad. Tres condiciones de posibilidad para descubrir, en lo cotidiano de la vida y sin especiales aspavientos, al Dios de la vida en los productos mediáticos, tan plurales y polivalentes.
Claro está que cada persona tendrá uno o varios de los rasgos que acabamos de exponer, y en sus manos (las nuestras) está poner los medios para desarrollarlos al máximo posible, sin olvidar que este costoso aprendizaje dependerá, sobre todo, de nuestro objetivo interés. Queremos decir que quien, desde una cultura media, no sea capaz de descubrir alguna de las presencias de Dios en los medios, por elemental que sea, debe asumir su propia responsabilidad, sin achacar falsas dificultades al mero contexto. Habrá, pues, que intentarlo, mediante una sistemática activa que ponga el interés cristiano al servicio de la interrogación mediática.
 
 

            Conclusión cristológica

 
¿Que no es tan fácil como parece el descubrimiento solicitado y propuesto? ¿Que demasiadas veces el universo mediático nos arrolla con sus argucias subliminales? Cierto, porque en la medida que nos habituamos más a una realidad que nos invade por completo, le prestamos menos atención, y permitimos, de forma inconsciente, que invada nuestra capacidad de ser personas y de reaccionar como tales. Entonces, tanto más complejo se hará el problema si lo que debemos escrutar y descubrir es «lo trascendente como presente en una realidad inmanente», el gran reto del cristianismo de un tiempo secularizado.
 
Así las cosas, recurrimos una vez más al hecho de la Encarnación del Cristo en Jesús de Nazaret: solamente en la medida en que sabemos ponerle rostro humano actual y cotidiano al misterio cristiano, somos capaces de apropiarnos el misterio de la fe, de la esperanza y del amor. De lo contrario, resultará siempre un acto en el vacío, alejado de cuanto pueda comunicarnos una cierta fortaleza ante el devenir humano, camino de lo eterno.
Jesucristo, en una palabra, es descubierto en los demás hombres y mujeres de nuestro momento histórico, y así lo hacemos nuestro dentro del cúmulo de nuestras limitaciones espacio/temporales. Y a partir de tal experiencia, otras dimensiones religiosas comienzan a desarrollarse: la misericordiosa, la sacramental, la silenciosa, la transformadora de la sociedad, etc. Cuando Jesucristo es descubierto en la vida, la vida nos descubre a Jesucristo. Así de sencillo.
 
Pues igual. De la capacidad que tengamos en nuestra experiencia cristiana de intuir y descubrir a ese Cristo en los elementos fenoménicos de la vida, y muy especialmente en los múltiples discursos mediáticos ya comentados, en esa medida el rostro de Dios será una latencia y una presencia en los medios de comunicación social actuales. No bastan, pues, las tres condiciones de posibilidad ya comentadas; en todo caso, y en la experiencia creyente, tendrán que ser el soporte cotidiano para el desarrollo de nuestra empatía con lo divino oculto en lo mediático. Que siempre subyace, por presencia o por ausencia, y sin embargo tantas veces pasamos por alto.
La posible superficialidad espiritual y teológica acaba por conducirnos a la afirmación del silencio de Dios y de la muerte de Dios en un contexto audiovisual desconcertante; pero es un problema de superficialidad y nunca una situación de imposibilidad. Debe tenerse muy clara esta diferencia.
 
Theilard de Chardin resolvió el problema, cuando venció la superficialidad con la contemplación. En el desierto donde vivía su exilio iluminado, descubría la divinidad en cada amanecer y en cada puesta de sol: era Dios que se irradiada en todo. Entonces escribió El medio divino. Será cuestión de que también nosotros, modificando un punto este título, aspiremos a concebir «los medios como divinos». Contemplando como en cada discurso mediático se irradia el mismo Dios. Puede que por ahí, de forma inesperada, lo más vinculado a la tecnología, como es lo audiovisual, acabe por conducirnos hasta la plenitud de la experiencia creyente, que es la mística.
 
Porque todos pasamos el tiempo en un espacio desértico, y como el jesuita francés exiliado podemos convertir lo temporal y espacial —lo mediático— en teofanía radiante. Desvincular el mundo analizado de esta significativa dimensión cristiana y cristológica, éste es el gran error, la grandísima reducción que solemos hacer al escribir del rostro mediático de Dios. Por una vez, hemos intentado evitarlo. n
 

Norberto Alcover – María Teresa Simón

 J. RMAY (ED.), La nueva imagen del cine religioso, Ed. Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca 1998, 23 (Introducción).
 Convendrá profundizar en la complejidad de esta cuestión; remitimos al texto de  J.L. SÁNCHEZ NORIEGA, Crítica de la seducción mediática, Ed. Tecnos, Madrid 1997.