Joven y creyente, en un mundo laico

1 junio 2010

Fernando López Cabello
Zamora
 
Me muero y no te educo
¡Me muero y no te educo!… me decía un conocido dirigente político juvenil, cuando le comenté que mi política es la del Padre Nuestro, concepto que disfruto gracias a Don Bosco… Me lo dijo con cariño, desde la amistad que pudimos trabar aquel par de años y pico que compartimos en la vorágine del trabajo, en el Consejo de la Juventud de Castilla y León. Son los Consejos de la Juventud en España, instituciones que llevan muy a gala ser punta de lanza en lo social, pero con un especial estilo laicista, que lo tiñe todo. Era un comentario cariñoso, amable, que nos produjo hilaridad en aquel momento, entendido como una sana complicidad, pero que resume muy bien lo que un joven creyente tiene que vivir en la sociedad del siglo XXI… No sé si decir “sufrir en el siglo XXI”, aunque este verbo me resulta excesivo para describir la sensación; no somos mártires, ni la gente nos criminaliza, ni tan siquiera se nos cuestiona la vivencia en cristiano, pero lo que si es cierto es que esta sociedad está hecha a la medida de los que no lo son.
 
Mi experiencia como presidente en el Consejo
Mi experiencia como presidente en el Consejo de la Juventud de Castilla y León, me ha ayudado a replantearme la vida como cristiano, mis objetivos vitales, y mis opciones vocacionales, y son estas, las que más me han hecho reflexionar. He llegado a la conclusión de que a la sociedad le gusta y le ofrece seguridad el hecho de que todos estemos etiquetados, encasillados, de algún modo controlados. La sociedad misma se encarga de clasificarlo todo, y de decirte a cada momento que hay muchas opciones para todo, te dice que hay diversas opciones sexuales, que hay distintos modelos de familia, hay incluso ideologías y partidos políticos, y todo esto se mezcla con lo económico, con el consumo; hay opciones para elegir operador de teléfono o sistema informático, hay opciones para pasar las vacaciones, y opciones también para tu tiempo frente al televisor. Todo son opciones, y esta vorágine de opciones y decisiones, elijas lo que elijas, te obligan de forma inconsciente, a ser militante de tus elecciones, si eres de bourbon-cola o de gin-tonic, de kas naranja o limón, de playa o de montaña, de sky o snow-board, de apple o Microsoft, freaky o geek, Twitter o Face-book, de orange, movistar o vodafone, del Madrid o del Barça, del PP o del PSOE, del Mundo, del ABC o del País. Opciones visibles para todo, menos para los valores evangélicos.
A menudo me pregunto como será la sociedad cuando lo cristianos seamos una minoría, aunque de alguna manera esto ya sea así, ¿Cuántos son los jóvenes que van a Misa los domingos, o cuántas las familias que no contemplan la posibilidad de los anticonceptivos, el divorcio o la separación de bienes en su plan de familia, o cuántos los que donan más de lo que les sobra, o cuántos los que llevan a sus hijos a catequesis, o cuántos los que rezan a diario, o cuidan los sacramentos?… ¿Se puede ser cristiano sin todas estas cosas?… No es una pregunta fácil de responder porque no debemos juzgar, más aún cuando todos somos pecadores; pero al menos la duda me surge muy habitualmente.
 
Nadar contracorriente
Para mí, en muchos momentos de la vida en los que me ha tocado pronunciarme, el trance no ha sido nada  fácil, porque al final, la opción de Cristo siempre me ha supuesto nadar contra corriente. Dicen que todos los peces que están vivos nadan contra la corriente, es de creer, si no lo hiciesen así, el río les llevaría irremisiblemente al mar, pero ser cristiano te exige más esfuerzo, te obliga a ser como el salmón, que no solo nada contra la corriente, sino que remonta el curso de los ríos con la pendiente más dura. En algunos momentos de mi vida ha sido una verdadera agonía. En la universidad, por ejemplo, todo lo que sonaba a cristiano era cuestionado. Con mucha frecuencia, se representaba a la Iglesia en el imaginario de los jóvenes que me rodeaban, como una institución tradicionalmente represora, anacrónica y carente de sentido, pero siempre con una crítica desproporcionada, a menudo sin criterio, desde el desconocimiento, y haciendo siempre referencias históricas, pero de una forma muy sesgada, ¡y yo qué sabía… más aún, qué me importaba a mí!, un joven del siglo XXI si la Iglesia de no sé qué siglo, se había ido de cruzadas, o había evangelizado un continente por la fuerza, u obligaba a los sacerdotes a no casarse, como si esta no fuera una elección libre; a veces parecía que era culpa mía… Lo que sí sé es que yo me preocupaba  mucho de no juzgar a los demás, y los demás juzgaban a la Iglesia, y de paso a mí, con una gratuidad a veces ofensiva, y con criterios de hoy los pecados del pasado. Pero lo más duro era empezar cada día, con esa especie de conjura del Universo contra ti, con tus limitaciones humanas, tus propias miserias, y tus contradicciones que no te dejan dormir, además hay que añadir las constantes suspicacias de la gente.
 
Muchas opiniones…
Demasiado frecuentemente se dan por sentado las cosas más inverosímiles para los ojos de un cristiano. Hoy observamos con normalidad que mucha gente opine que cada uno con su cuerpo puede hacer lo que quiera, que todo es relativo, que nada es definitivo, que el sentido de la vida es el placer, o que el dinero es la medida de la felicidad, en resumidas cuentas que el hedonismo y el relativismo están ensalzados socialmente de un modo incuestionable, frente a los valores evangélicos que a los ojos de muchos, la mayoría diría yo, están trasnochados y obsoletos. No voy a entrar en discusiones morales, pero escuchar todo esto, por fuerza tiene que turbar la vida de alguien que se dice a sí mismo católico. Si a todo esto le añadimos el marchamo de lo políticamente correcto, nos encontramos en un mundo en el que todo parece conspirar contra lo que suena a cristiano. La opinión pública, la mayoría de los medios de comunicación social, en vez de ser objetivos, son neutros, o peor aún, tibios, y esto genera un clima en el que es muy difícil que germinen los valores evangélicos, que incluso se han traducido al lenguaje laico, es muy corriente hablar de tolerancia o de solidaridad, pero no se puede hablar de abnegación, o caridad, porque suena ñoño, caduco o antiguo. No es un análisis muy científico pero es el mío propio, personal y sentimental.
 
Obligado a dar razón de la esperanza
Del mismo modo, todo esto me ha supuesto un entrenamiento fenomenal para la vida. Que casi todos los días tengas que defenderte dialécticamente, te prepara, te obliga a revisar tus propios principios y discursos constantemente y te “ensancha la espalda”, lo que es muy útil en la vida, para al menos, perder el miedo a decir lo que piensas, y tratar de actuar con coherencia.
Pero no todo es negativo, también el encuentro con los que no sienten como tú, es enriquecedor. Me interpela fuertemente, como algunos valores son compartidos con mucha naturalidad, la lucha por los más desfavorecidos, la entrega gratuita, son cuestiones muy celebradas y participadas por todo el mundo. La faz de la Iglesia como “ONG”, es muy respetada incluso ensalzada. Asímismo me he encontrado muchos jóvenes que buscan, que tienen sed, y a los que les es difícil encontrar respuestas. Algunos pasan una auténtica odisea. Es habitual que algunos en su búsqueda se conviertan en coleccionistas de experiencias, los más, en amores, desamores y escarceos varios, pero algunos de mis propios amigos, han pasado en su periplo desde el yoga y el Pilates, hasta los deportes de riesgo, pasando por el zen, con la conclusión de que nada les llena.
Por otra parte creo que es más difícil respetar las normas legales o sociales desde una vida apartada de Cristo. En mi vida me he encontrado con gente que sin tener nada que ver con lo religioso, practica una ética muy coherente con lo cristiano; esto también me hace pensar mucho, ¿Son los valores cristianos universales y absolutos? ¿Son primero valores cristianos o valores humanos? ¿Por qué seguir las normas si no es por una creencia en el Bien absoluto? No quiero poner en duda la Filosofía o la Ética, pero creo que Jesús con su inmensa fuerza transformadora, marcó una impronta indeleble en la conciencia del hombre a través de los siglos. Hoy por ejemplo, nadie discute los derechos humanos estando profundamente enraizados en el Evangelio. Pero estas dudas que me surgen respecto a esta cuestión, son las que me hacen valorar mucho lo que como cristiano me hace esforzarme para ser mejor cada día, y que desearía que todos pudiesen experimentar.
 
Volver a los orígenes
Desde luego no me creo mejor por ser cristiano. Esto nunca va a ocurrir. Las constantes y pequeñas restricciones que uno vive al cabo del día no me van a hacer mejor a mis ojos y tampoco a los ojos de nadie. Considero firmemente que con mi actitud cristiana ante la vida, puedo, modestamente, hacer mejor el mundo que me rodea. Que intente pensar en los demás antes que en mi propio interés, que trate de que la gente que me rodea sea más feliz, que intente ayudar y ser mejor cada día, o que desde mis responsabilidades personales o públicas trate de pensar siempre en los demás, puede hacer que el mundo sea mejor, por eso, aunque el mundo esté lleno de gente objetivamente buena y no creyente, los creyentes podemos humildemente mejorar el mundo que nos rodea sólo con nuestra óptica cristiana de la vida.
En síntesis, sólo me resta añadir que ser joven y cristiano en la época que nos toca vivir, no es más difícil que en otras épocas de la Historia, pero no es un ejercicio en absoluto fácil. En la Iglesia de nuestro tiempo, se traduce lo que en la sociedad también pasa, una enorme crisis de vocación, en un sentido amplio, no me refiero a la vocación religiosa o sacerdotal, sino a la vocación de vida cristiana, de familia cristiana, de trabajador cristiano, de ser cristiano en todos los momentos de la vida. El momento que vivimos es un desafío, y considero que la regresión de fieles y vocaciones que la Iglesia sufre, irá a más, pero a la vez creo que este signo de los tiempos, nos llama a la conversión, a todos y cada uno de los miembros de la Iglesia sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Creo también que necesitamos mucha reflexión y discernimiento, y “pasar por un desierto” en el que los cristianos no seamos tan significativos en la vida social o política, pero que hay que vivirlo con normalidad, y esperanza. Volver a los orígenes para que nos conozcan por nuestras obras, sin descuidar por supuesto la doctrina y la liturgia, porque los cimientos son lo primero, y las formas también añaden valor al fondo. Espero con mis palabras no ofender a nadie sino transmitir mi sentimiento como cristiano joven que vive en un mundo que con demasiada frecuencia se olvida de la gente como yo. Sirva este artículo por tanto, para reivindicar que en la sociedad de hoy, aunque difícil, se puede ser joven y cristiano comprometido, y que de algún modo los que compartimos este status debemos dar testimonio, y mandar este mensaje que aunque no es nuevo sigue teniendo pleno sentido.

Fernando López Cabello