La vida como objeto de consumo

1 marzo 2001

Hace menos de medio siglo la vida poseía aún una categoría heroica. La vida servía pa­ra las misiones más elevadas, como la salva­ción de la patria, la defensa del honor, la re­dención de las almas. Hoy la vida no se recla­ma prácticamente para ninguna de esas co­sas, y si se solicita, la respuesta es evasiva o nula. A la llamada de la patria se replica con la objeción de conciencia; a la defensa del ho­nor se contesta con un pleito; a la salvación de las almas se responde con un cóctel espirituo­so, desde la new age al zen.
Ni siquiera la idea de traducir la vida en un proyecto vocacional mantiene hoy la vigencia que le atribuían los educadores republicanos. Los quehaceres de nuestra existencia son aho­ra más circunstanciales que vocacionales, más efímeros que duraderos. El marco donde se va cumpliendo nuestro oficio de vivir se compo­ne de numerosos y breves oficios que incluso es difícil hilvanar después. Las universidades forman actualmente a los alumnos no para cumplir con una llamada interior o un impor­tante recado del cielo, sino para acoplarse de la mejor manera en los cantones del mercado. Los licenciados universitarios de este tiempo, sean de Derecho, de Física o de Ingeniería, se ven descalificados para trazarse una meta de­terminada. El profesional emprende su carre­ra sin avistar la meta. La meta, en todo caso, se cumplirá después y al margen, frecuentemen­te, de las carreras.
En suma, la concepción de la vida al modo de un caudal primordial y potenciador de sen­tido apenas se sostiene hoy. La vida es ahora un patrimonio que se parece menos a un teso­ro para invertir que a un verdadero artefacto de consumo. Dadas las circunstancias, con la vida no logramos cumplimentar un plan de realización fuerte y concreto. No podemos pretender llegar siquiera a ser lo que somos porque, para empezar, es mucho más incier­ta nuestra identidad y, para terminar, es alta­mente dudoso que deseemos ajustarnos al autodiseño que trazamos. Dentro del sistema general de la moda que reina sobre todas las cosas, cambian también los gustos respecto al boceto del yo y, en suma, se vive más de acuerdo a la época siendo una entidad flexi­ble.
Hace años acaso habría repugnado enun­ciarlo así, pero hoy la vida se revela como el máximo objeto de consumo. Gracias a este su­perartículo es posible obtener incontables ex­periencias, gracias a esta megamercancía se accede a un impensable surtido de aventuras intelectuales y sensoriales para la continua degustación del placer, del tedio o del dolor. De ser pues la vida, hace apenas medio siglo, un legado al que era preciso procurar valor objetivo, ha pasado a ser un bien de absoluta propiedad particular, enteramente subjetivo. Ahora carece de pertinencia preguntarse qué ha hecho éste o aquél con su vida a la mane­ra de una reconvención que pide responsabi­lidades sobre el empleo de un don recibido para la producción. Ahora la vida es un bien de consumo personal que se disfruta mejor o peor, que puede tirarse o usarse más o menos según las preferencias de cada cual. Es, de he­cho, tan intrascendente que se encuentra por completo en nuestras manos, y tan cara que ahora sí que no existe nada igual.

VICENTE VERDÚ «El País», 25.1.2001

 
PARA HACER

  1. ¿Qué nos dice este autor? ¿En qué estamos de acuerdo?
  2. La vida lo primero. ¿Cómo se traduce esto entre los jóvenes?
  3. La vida como «objeto de consumo»: ¿qué consecuencias sacamos de esto?

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