La violencia de los hijos

1 mayo 2000

La violencia filial es un fenómeno reciente pero preocupante, ya que crece como la espuma y está íntimamente relacionado con la adolescencia. Según la primera macroencuesta realizada por el Instituto de la Mujer sobre la violencia doméstica, más de 260.000 mujeres en España, el 14,1% de 1.865.000 que padecen malos tratos en el ámbito familiar, son maltratadas por sus propios hijos, que descargan en sus madres iras, desequilibrios psíquicos y reproches de todo tipo.
Sólo 80.000 de ellas confiesan esa situación y señalan a sus hijos como los agresores. Muchas menos son las que se deciden a denunciarlos: se resignan a ser sacrificadas lentamente por sus agresivos retoños.
Algunos casos más sonados, como el del joven murciano que mató a principios de abril con una espada de samurai a su padre, a su madre y a una hermana con síndrome de Down, hacen saltar las alarmas sociales. ¿Qué hay detrás de todo ello?
Las categorías psiquiátricas tradicionales no sirven para comprender determinados comportamientos adolescentes en un mundo en plena revolución tecnológica, que está trastocando también las relaciones padres/hijos. Las causas de estos comportamientos violentos de los hijos pueden ser múltiples: malos tratos que ven protagonizar a su padre, nuevas formas de ocio (1.500 horas anuales frente al televisor, 8.000 asesinatos y 27.000 escenas violentas vistas en la pantalla), la mezcla explosiva de competitividad e individualismo con que se atosiga a los críos…
Entre los jóvenes con alto riesgo de violencia o que viven en contacto con ella se detecta que tienen poca capacidad para juzgar y anticipar las consecuencias de sus actos. Sienten también fascinación por las artes marciales y las armas. A la vez se trata de personas anestesiadas morales con una baja resistencia a la frustración y una escasa capacidad de remordimiento.
Los niños y adolescentes actuales estás menos protegidos  de la información destructiva que sus antecesores: reciben un aluvión en edades en las que no juzgan bien las consecuencias de trasladar a la vida real la violencia que contemplan, o en la que participan, porque muchos videojuegos les hacen personajes activos.
En los comportamientos violentos, el individuo actúa movido por una gran frustración que le lleva a tener una mala imagen de sí mismo y una baja autoestima, por lo que acaba refugiándose en las fantasías. El cóctel puede terminar en delirio, sin fronteras entre los dos mundos, cuando a la vez coincide una profunda inmadurez, una huida hacia lo virtual, una desconexión del mundo real y un sistema de valores que se resquebraja.
A eso se añade la actitud de los padres, que han renunciado al autoritarismo y a la crueldad en el trato con los menores como nunca antes se había hecho. Los padres han tomado conciencia de sus propios deberes y de los derechos de los hijos, pero nos les trasmiten la conciencia de sus deberes y sus límites. De esta situación pueden surgir hijos tiranos y, excepcionalmente, situaciones monstruosas.
En  el caso de José Rabadán, el joven murciano que mató a sus padres y su hermana, se dan algunas de estas claves:
– Aislamiento: «Quería vivir una experiencia distinta. Estar solo. Que mis padres no me buscaran». Por eso les mató. Y a la hermana: «¿Y qué iba a hacer ella sola en el mundo? La maté para que no sufriera».
– Fascinación: Así estaría libre para ir con Sonia, una chica catalana con la que se relacionaba por internet bajo la firma de Odeim, que no es más «miedo» al revés, y a la que intentaba fascinar diciendo, por ejemplo, que podía encender velas negras con el poder de su mente.
– Anestesia moral: «La única justicia que temo es la de Dios, la que pueda venir de él».
– Otra ideas (reencarnación): «Yo creo que la vida es como un vaso de agua. Si el cristal se rompe, el agua se desparrama pero sigue existiendo».

Herminio Otero

 
Para hacer 

  1. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué pasa lo que pasa?
  2. ¿Qué nos toca de todo esto? ¿Qué podemos hacer­?
  3. ¡Qué pasa en nuestro centro educativo? (El 32,7% de los profesores, según un estudio del Defensor del Pueblo, cree que los conflictos con sus alumnos en los colegios han aumentado drásticamente? ¿Cómo nos va? ¿Qué hacemos y qué podemos hacer?