Los dioses de la sangre

1 junio 1998

A las puertas del tercer milenio seguimos rindiendo tributo a los dioses de la sangre. También entre nosotros. También entre los jóvenes. También en los estados.
La muerte del obispo Juan Gerardi en Guatemala el domingo 26 abril es un caso más. Era defensor apasionado de los derechos humanos y dos días antes de morir había pre­sentado el informe Guatemala: nunca más que pudo costarle la vida. En él daba cuenta de los 36 años de horror en Guatemala, con casos no reproducibles aquí: en una ma­tanza acaecida en 1981 «los balearon y degollaron, también a los niños, a una hija (lo cuenta la madre) le abrieron la cabeza, le quitaron el seso y parece que lo comieron. A otra vecina le degollaron y empezaron a chupar la sangre». Y datos que hablan por sí solos: 37.000 hechos violentos (masacres, asesinatos, violaciones o mutilaciones) que afectaron a 55.000 víctimas (43.580 de ellas fueron ocasionadas por las fuerzas arma­das), 50.000 desaparecidos, 150.000 muertos, un millón de refugiados, 40.000 viudas, 200.000 huérfanos…
Seguimos rindiendo culto a los dioses de la sangre. Pero todos. Por eso la Opinión de este «Cuaderno Joven» es especial: Reproducimos un artículo de José Ramón Flecha titu­lado «Sacrificios de doncellas» (El Santo, 623, julio-agosto 1997) que hacemos nuestro. Puede ayudarnos a descubrir cómo también nosotros seguimos ofreciendo sangre a «nuestros dioses».
 

  • Sacrificios de doncellas

La noticia ha aparecido en la prensa en los días más esplendorosos de esta pri­mavera. Parece que hay unas treinta tri­bus en Puerto Maldonado, allá en la Amazonia peruana. A algunos investi­gadores les ha llamado la atención com­probar que en ellas es mayor el número de varones que de mujeres. Y creen ha­ber encontrado la razón: es muy fre­cuente todavía el sacrificio de las donce­llas. Los nativos piensan que la ofrenda de esas muchachas ayuda a lograr una buena temporada de pesca o una mejor cosecha.
Pero dicen que un ritual semejante exis­te en el departamento de Puno, allá en el altiplano. Jóvenes de ambos sexos son
embriagados por los brujos y degollados como ofrenda a los dioses del cerro. Sabemos que los sacrificios humanos se han dado en todas las culturas primi­tivas. Hasta el pueblo de Israel se sintió a veces tentado por esas prácticas que veía practicar por los pueblos cananeos. Seguramente el relato bíblico del «sacri­ficio» de Isaac revela precisamente esa tentación. El pueblo descendiente de Abraham descubriría que Dios aceptaba otros sacrificios sustitutorios, en lugar de la vida de los primogénitos.
 

  • Los dioses de la sangre

La cultura moderna nos ha enseñado a horrorizarnos ante esos ritos. No cree­mos que Dios pueda exigir los sacrificios de vidas humanas. Y si los pidiera, ésa sería precisamente la prueba más evi­dente de su falsa divinidad.
Los ciudadanos de un mundo tecnifi­cado haríamos mal en escandalizarnos ante esos ritos abominables. Nosotros, en efecto, hemos cambiado las aparien­cias pero no hemos cambiado de menta­lidad. De una forma más sutil y menos ostentosa, seguimos ofreciendo sangre a nuestros «dioses».
Sacrificamos vidas humanas al dios del «tener». Nos quemamos la salud para ate­sorar bienes que de nada nos van a servir. Se mata para robar y se roba para seguir matando. Las mafias locales o internacio­nales se disparan sin escrúpulos por ase­gurarse las redes de sus negocios sucios.
Sacrificamos vidas humanas al dios del «poder». Por conseguir o mantener una parcela de él, los asesinatos se cuentan por millares y millones. Los grupos te­rroristas tratan de justificar la matanza de inocentes sobre la base de sus preten­didos derechos políticos.
Sacrificamos vidas humanas al dios del «placer». El sexo, la droga, el alcohol o el tabaco van dejando víctimas incontables por todos los caminos del mundo. Se viola y se mata a las niñas. Se planean asesinatos por exigencias de un juego.
 

  • Faltan profetas

Junto a estos dioses personales, están también las grandes divinidades de la comunidad. En razón del bien común se tortura a unos y se niega el pan y la re­sidencia a otros. En razón de una iden­tidad «nacional» se discrimina a los lle­gados de otra región o de otro continen­te. En razón de una ideología se pro­pugna el aborto y se programa la euta­nasia.
Y luego, están los otros diosecillos de segunda categoría. Parecen más benig­nos y domesticables. Pero también ellos reclaman el tributo de la sangre humana. Son las envidias y las discordias. Es el anhelo de aparentar y de ser conocidos. Es el proyecto de unas vacaciones. Es el deseo de comprar un nuevo vehículo. Todo ello cuesta sangre.
La diferencia respecto a las tribus «primi­tivas» es insignificante. En un caso y en otro se trata de sacrificar a «alguien» para asegurarse «algo» que parece necesario pa­ra el individuo o para el grupo. En un caso y en otro se considera que la sangre de los otros es fuente para la vida de los que lo asesinan. En un caso y en otro, siempre hay «brujos» que deciden quién ha de morir y el rito que se ha de seguir para que el sacrificio surta el efecto deseado.
Las noticias de prensa añaden que los misioneros católicos han logrado que los sacrificios humanos disminuyan en la selva, en la selva vegetal, al menos. En la selva de asfalto y de semáforos faltan to­davía los profetas.
A pesar de todo esto -y precisamente por ello- apostamos por la esperanza. En la pá­gina siguiente reproducimos un poema inédito de ftigoberta Menchú (14 de octubre de 1994), guatemalteca y premio Nobel de la Paz. Con ella creemos que son «largos mis sueños, largas mis esperanzas». Y que «vendrá el amanecer». Como cantábamos, «ha­brá que forzarlo para que pueda ser».
 
Vendré el amanecer

Inmenso silencio marchitó mi voz,

larga noche de oscuridad opacó mi rostro,

se apoderó de mi palabra, enterró mi pensamiento, prohibió mi nombre, secuestró mi tierna infancia y me dio callosas manos para vivir.
Larga noche de oscuridad opacó mi rostro, largos han sido mis caminos, eternas mis luchas, eterna mi paciencia,
pues qué grande ha sido mi dolor.
 
Larga noche de oscuridad opacó mi rostro, largos mis sueños, inmensas mis esperanzas, pero vendrá el amanecer, vendrá la claridad, se levantará en lo más alto del cielo azul
la voz de quienes nunca hablaron.
Vendrá la claridad,
florecerán los cantos enterrados en llanos, en las altas montañas, en las anchas selvas, en lo más hondo del corazón del maíz.
Desaparecerán los dueños de la oscuridad, desaparecerán las cárceles clandestinas, empezará el amanecer.
Se levantarán poetisas, se levantarán poetas dormidos bajo los volcanes robustos,
nacerán poetisas incrustadas en tejidos multicolores, jugarán, reirán, y orarán y escribirán poemas y más poemas, gritarán plegarias del despertar, acompañadas del pom.
Vendrá la claridad, cantarán gallos en la madrugada, cantarán de nuevo los pajaritos del invierno. Sacaremos los nuestros enterrados en fosas comunes.
Y por fin, respirarán libremente. Vendrá el amanecer,
brillará mucha luz en nuestros caminos, nuestros ojos verán rayos de sol.
Rejuvenecerán nuestras abuelitas, rejuvenecerán nuestros abuelos y germinarán nuestras abuelitas y florecerán sus nietos. Nuestros corazones cantarán sin cesar
y brillarán nuestras esperanzas y vendrá el amanecer.
Largos mis sueños, largas mis esperanzas.
 
RIGOBERTA MENCHU

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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