Los jóvenes de hoy

1 octubre 2002

Los jóvenes de hoy, igual que los de ayer, tienen en común que son jóvenes. ¿Por qué siendo igua­les por naturaleza son muy diferentes a sus abue­los y bastantes diferentes a sus padres en las con­ductas? Esto es lo que hay que explicar para com­prender sus conductas personales y a quién bene­fician y a quién perjudican.
Ser joven, como ser viejo, es obra de la naturale­za. Pero lo que hacen los jóvenes, como lo que ha­cemos todos, es obra de los diseñadores de mode­los sociales. La naturaleza es un proceso organiza­do por códigos genéticos, es dada; los modelos so­ciales son producidos por una minoría que se apropia del poder político y de la propiedad para imponer en el tipo de educación que reproducen el sistema de clases desiguales y, por tanto, el mode­lo social.
Circula ahora por la sociedad que los jóvenes be­ben mucho, toman sustancias, hacen el amor en cualquier sitio, en la esquina, en el parque, en la parada del autobús, sin respeto a las personas ma­yores, a quienes por supuesto también les gustaría, pero que por razones de cultura y de ocasiones es­tán excluidas. En la época de los abuelos, la mayo­ría se casaban vírgenes; en la época de la juventud de los padres una minoría se casaba virgen, pero mediaba un periodo de relaciones antes de llegar al sexo. Hoy, hay datos que lo demuestran, la ma­yoría a los dieciséis años, ya ha tenido frecuentes relaciones inmediatas.
Se promueven estos tipos de conductas para fa­cilitar la emergencia de la sociedad de consumo, necesario para que funcione el consumo de masas, envuelto en los postulados teóricos del llamado neoliberalismo. Para hacer posible el éxito del ma­crocapitalismo, fraguado en los Estados Unidos y, en general, extendido por todo el planeta a través de las multinacionales. Para lograr la lógica de es­te sistema se han tenido que invertir las funciones de los fines y de los medios. En una sociedad hu­manista, el fin es beneficiar a todos, los medios ma­teriales son un medio, el fin es beneficiar a la hu­manidad y en ella estamos todos incluidos. En una sociedad materialista, como la que nos imponen, el hombre es un recurso más, un medio más al servi­cio de los intereses de la clase dominante. Se pue­de decir que han hecho una inversión de los prin­cipios calvinistas: el calvinismo proponía, para sal­varse, ser trabajador, perfeccionista, ahorrador y honesto. Naturalmente, con esta fórmula el pro­greso está asegurado. Tanto es así que MaxWeber atribuye el adelanto de los países del norte de Eu­ropa, especialmente de Alemania a esta filosofía. Pero el neoliberalismo del siglo XXI le ha dado la vuelta a esos principios y se quedó sólo con el es­píritu de la riqueza personal. Todo vale si se gana mucho dinero rápidamente. La ética es sustituida por el cinismo.
Es este cambio (que demasiadas gente cree que es cosa de los jóvenes) ha sido necesario hacer un diseño del modelo en el cual todo lo que hace el hombre se tiene que convertir en beneficio mone­tario (la Bolsa ha sustituido a Dios) a costa del de­terioro de las mayorías. En esta tarea, sociólogos, psicólogos, publicistas y medios de comunicación han entrado de lleno en el sistema, los primeros para crear modelos de conducta y de consumo y los segundos para difundirlos. Para eso se com­pran los medios de comunicación y se compran también los especialistas.
Nada más eficaz para neutralizar el pensamien­to de los adolescentes y de los jóvenes que facili­tarles las condiciones para el sexo, el alcohol y el consumo de sustancias.
No es una casualidad que haya surgido la moda del unisexo, ni que los jóvenes anden con la mo­chila a cuestas, ni la música desquiciante, ni la ne­cesidad psicológica de salir de casa después de media noche y regresar al amanecer, o incluso una vez haya salido el sol, ni que los espacios de ocio estén abiertos hasta media mañana tras una larga noche de actividad. Todos estos cambios son gene­rados a conciencia, y todos convergen en la poten­ciación del orden económico, protegido para re­producir las diferencias entre países y entre ciuda­danos. Mientras la mayoría de los jóvenes se pier­den en la noche, una minoría se prepara.
 

B. CABEZAS GZLEZ. HALLER

«Diario de León» (11/8/02)

(PARA HACER en pág. 58)

También te puede interesar…