Modelos de identificación y de referencia

1 abril 2005

Yo se quién soy –respondió don Quijote-, y sé que puedo ser,

no sólo lo que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia

(Cervantes)

 
  Tendido en tierra y molido a palos tras su aventura con los mercaderes, don Quijote es socorrido y aliviado por un labrador vecino suyo que le recogió y le llevó a su casa. Platicando con él por el camino es cuando don Quijote pronuncia esas palabras: “yo sé quién soy”. Comentando este pasaje, dice Unamuno que don Quijote discurría aquí con la voluntad y que al decir “yo sé quién soy”, no dijo sino “¡yo sé quién quiero ser!”. Y “es el quicio de la vida humana toda saber el hombre lo que quiere ser”.
 
Todo ser humano tiene ante sí la maravillosa tarea de la identificación y de la realización, del descubrimiento y desarrollo de la propia identidad. Esta construcción de la identidad personal constituye, sin duda, un quehacer apasionante, pero no resulta nada fácil. Esto lo hemos experimentado ya y lo seguimos experimentando cada día los adultos, y comienzan a sentirlo y percibirlo también los jóvenes y adolescentes que se abren a la vida. Carlos Domínguez Morano explica con mucha claridad cómo el período de la adolescencia-juventud desempeña un papel decisivo en esa construcción. En este período de la vida se juegan aspectos muy relevantes de la personalidad. Es fácil que surja entonces espontáneo en los jóvenes el anhelo de “querer ser como…”, que remite a figuras y representaciones sociales modélicas.
 
Nuestra sociedad les ofrece, de hecho, un repertorio muy amplio de modelos, de referencias, de identidades. ¿Cuáles son realmente esos modelos? Ante la necesidad de construir la propia identidad y ante el anhelo de identificación, esta es quizás la primera cuestión abierta también a los educadores de la fe. Son muchos los que advierten sobre los riesgos, carencias y ambigüedades de los modelos sociales de referencia para los jóvenes, porque, según los expertos, prevalecen los del hombre económico, el hombre consumidor, el hombre hedonista. El vacío de estos caminos, ¿puede colmar las demandas juveniles?
 
Una expresión de estos tortuosos senderos son, en la vida de los jóvenes, las marcas y etiquetas, que una espectacular publicidad alienta y convierte en ídolos. Federico de Carlos Otto reflexiona sobre su valor y su importancia, sobre su levedad y fatuidad. Piensan, quizás, algunos jóvenes que las marcas les permiten relacionarse con los demás en una posición de igualdad e incluso de superioridad sin darse cuenta de que el valor de la persona no puede estar en la etiqueta de su polo, de su cazadora o de sus gafas de sol.
 
Detrás de todo ello está la religión del consumo, alimentado por la competitividad psicológica (no ser menos que el otro), por la institucionalización de la envidia y de la apariencia. Todo ello configura un estilo de vida, un modelo de persona y de sociedad marcados por las dependencias.
 
¿Cómo afrontar educativamente esta honda problemática que desvía a los jóvenes del camino del ser, de la maduración personal, de la construcción de su personalidad? José Joaquín Gómez Palacios, teniendo de fondo los fuertes latidos de la publicidad, propone un camino educativo que comienza por afianzar personalidades y llenar tantos vacíos existenciales. Se trata de que los jóvenes tomen conciencia sobre su propia persona y aprendan a liberarse de ataduras y dependencias que atan e impiden crecer y ser dueño de uno mismo. Quien quiera ser plenamente él mismo tiene que liberarse de todas las dependencias y ataduras. No hay realización humana posible sin liberación y dominio personal.
 
Si don Quijote sabe quién es, es porque para él ser es querer ser. Sabe quién es y quién quiere ser y por ello es capaz de mostrarse siempre totalmente libre para afrontar las más grandes aventuras.
 

EUGENIO ALBURQUERQUE

directormj@misionjoven.org