Narración, historia, y acción pastoral

1 noviembre 2004

“Mi padre era un arameo errante. Bajó de Egipto y se estableció allí como emigrante con un puñado de gente; allí se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron… Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros antepasados, y el Señor escuchó nuestra voz y vio nuestra miseria, nuestra angustia y nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso…” (Dt 26, 5-8)
 
He aquí, expresado en forma narrativa, el credo original de la fe en Dios de nuestros antepasados, del pueblo elegido. Desde Abraham hasta Pablo de Tarso, la Biblia es la narración de quienes, como testigos, quieren “dar testimonio de la luz” (Jn 1,7). La revelación se asienta en la historia; en ella se revela Dios al hombre. Dios penetra en la historia del hombre, acampa entre los humanos, se hace compañero de camino, y desde entonces los hombres llegamos al reconocimiento de Dios en la experiencia histórica y la experiencia concreta se nos transforma en historia de salvación (Älvaro Ginel).
 
Es la historia que hemos de contar. Porque la experiencia narrada nos crea como personas y como creyentes, capaces de identificarse con lo que han vivido y viven. Lo que somos se crea y recrea con la narración. Y esto mismo sucede con la comunidad de creyentes. La comunidad nace de la narración de la experiencia vivida, de la fe compartida, del testimonio gozoso del Resucitado. Hay siempre una vinculación entre historia y narración. Por eso, la cultura nunca ha dejado de ser oral. Seguimos narrando para conocer y para explicar el mundo, y narramos para explicarnos a nosotros mismos, para abrir las puertas a la esperanza y a la vida (Herminio Otero).
 
Entre los posibles modelos que la comunidad eclesial presenta en la acción pastoral con los jóvenes, Misión Joven propone concretamente: evangelizar narrando, en la convicción de que narrar la fe a los jóvenes constituye uno de los mejores modelos para encaminar la pastoral juvenil por una pista acorde con la identidad de la “buena noticia” que queremos transmitir y adecuada a la situación que vivimos (José Luis Moral). Para evangelizar, hemos de narrar la historia de Jesús, la fe de la Iglesia; una historia y una fe que nos implica, ante todo, a los mismos evangelizadores, pero que ha de implicar también la historia y la experiencia de aquellos a quienes la transmitimos. Quizás lo verdaderamente importante en la transmisión del anuncio cristiano reside cabalmente en que lo que anunciamos surja de una verdadera experiencia personal directa y llegue a los otros con la intención explícita de suscitar nuevas experiencias. Esta implicación personal de quien narra y de aquellos a quienes se narra, hace que la oferta evangelizadora no sea abstracta, alejada de la vida, indiferente, resignada o pasiva. Quien narra la fe, busca y quiere una opción de vida por Jesús, el Señor de la vida. Los jóvenes aprenden a expresar la fe, en un clima de fe, hablando con otros creyentes, a través de su narración y de su testimonio, y en relación directa con su propia experiencia.
 
Muchas son, sin duda, las cuestiones abiertas. ¿Cómo acercar a los jóvenes a lo esencial de la historia y del mensaje de Jesús? ¿Cuáles son los relatos fundamentales en la propuesta de la fe cristiana? ¿Cuándo un modelo evangelizador es realmente narrativo? ¿Qué condiciones implica la narración de la fe? ¿Cuál es el lenguaje adecuado para ello? ¿Qué caminos pedagógicos es necesario emprender? A algunas de ellas intentan responder los estudios de este número de noviembre. Pero quizás, la primera respuesta la encontramos los evangelizadores en la misma narración bíblica. San Juan comienza su primera carta con estas palabras: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida –pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y que se nos manifestó- lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (1 Jn 1, 1-3). De esto se trata, realmente, también en la acción pastoral con los jóvenes: de narrar lo que hemos visto, oído, vivido, experimentado.
 

EUGENIO ALBURQUERQUE

directormj@misionjoven.org