PESPUNTES DE UNA VOCACIÓN

1 mayo 2013

Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1,28)

Mi vocación desde el corazón de María

No sé si fue al sexto mes, al cuarto o al noveno; fue un mes cualquiera de un día cualquiera de una mañana cualquiera… Lo cierto es que me pareció oír algo muy parecido a las palabras que el ángel Gabriel dirigió a María: “Dios te salve, llena (en este caso, lleno) de gracia, el Señor está contigo.” Ya se pueden imaginar qué cara se me puso… Turbarme fue poco; vamos, que tuve que hacerme inmediatamente dos infusiones de tila… Yo, ¿lleno de gracia? Pero si, con perdón, era poco menos que un desgraciado… ¿El Señor está conmigo? Mirad, me acuerdo que le dije: “Ya vale con la bromita, qué pasa, que tú también quieres quedarte conmigo…” En fin, pensé, mejor lo olvido todo y paso página…
Y así fue, bueno así fue por mi parte, pero el Señor (“cabezota” a no poder más) volvió al ataque: “No temas, Dios te ha concedido su favor, Dios se ha fijado en ti…” “Espera, espera -le corté al instante-, no es que quiera hacerte un feo, pero revisa bien tu agenda, seguro que te has equivocado de persona…”
Recuerdo que en ese momento, un silencio, como el que nunca había sentido en mi vida, invadió la habitación y sentí que en mi corazón se movía algo. Sin embargo fue mi mente la que salió en mi defensa, comenzando con una larga retahíla de excusas: “Cómo es posible, Señor, en el colegio me cuesta un triunfo llegar al aprobado; en la parroquia intento pasar desapercibido; con los amigos mi única aportación es el alcohol para el botellón, ya que en el súper de mi barrio es más barato; y en mi casa, bueno, ya sabes, mi hermano roza el sobresaliente y mi hermana está cumpliendo el sueño de mis padres: dentro de unos meses se graduará como ingeniera química… Yo, Señor, perdóname que vuelva a insistir, pero, ¿no te habrás equivocado de persona?”
El Señor, que yo creía que al fin iba a entrar en razón y se iba a alejar pidiéndome mil disculpas por la confusión, se acercó a mí y me susurró al oído: “Ánimo, para Dios nada hay imposible…”
Fue en ese momento cuando mi mente se nubló, mis labios se cerraron herméticamente y mi corazón…, mi corazón habló por primera vez: “Aquí estoy, Señor, no sé si estás en tus cabales, pero… ¡cuenta conmigo!”
Y desde ese día mi vida cambió… No, no se crean que estoy haciendo una obra de arte, un best seller de mi vida… No, no, ni mucho menos. Me conformo con seguir dando unos pespuntes por aquí y por allá, contribuyendo a arreglar, aunque sólo sea un poquito, nuestro querido mundo… Eso sí, no me pregunten el motivo (aunque creo que ya lo saben) pero desde ese día soy inmensamente feliz.

José María Escudero

 Para hacer

  1. 1. ¿Qué pasaría si a nosotros también nos llegan estas mismas palabras?
  2. ¿Qué me pide Dios a mí ahora?
  3. ¿Cómo le voy respondiendo? ¿En qué me hace eso más feliz?

 
 

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