Pídele cuentas al rey

1 noviembre 2000

Esta película del debutante José Antonio Quirós narra la odisea particular de un minero asturiano, Fidel, quien en compañía de su mujer y su hijo decide recorrer a pie los quinientos kilómetros que separan Mieres de Madrid, con la intención de manifestarle al rey su descontento ante el cierre de la mina en la que trabaja. Si este buen hombre se lanza a la carretera no es tanto por la pérdida de su empleo (en la película se insinúa que a él y a sus compañeros se les va a ofrecer una jubilación anticipada en condiciones más o menos justas) como por el hecho de verse relegado en plena madurez a la nómina de los desocupados. En el camino se toparán con otros seres marginales como ellos: un mendigo (Santiago Segura), apóstol de la vida libre y de la solidaridad entre los parias, que, no obstante, les robará todas sus pertenencias; una familia de portugueses que quiere unirse a su gesta y a los que rechazan a pedradas, en una de las escenas de humor más negro y significativo de todo el metraje; un inmigrante ilegal marroquí… También se verán sometidos a las manipulaciones de los medios de comunicación, capaces de convertir su periplo en una mera excentricidad para llenar programas de sobremesa o tertulias de marisabidillos.
Lo cierto es que Pídele cuentas al rey no acaba de funcionar desde el punto de vista narrativo porque su director quiere jugar a demasiadas bandas con las posibilidades tonales del relato y esta fluctuación termina por desvirtuar el sentido último de la película. La obra, en un principio, presenta tintes de dura crónica social, sobre todo al pintar las condiciones de vida en la cuenca minera: en las primeras secuencias asistimos a la muerte de un minero, a la tensión entre trabajadores y fuerzas del orden, a los desacuerdos con los líderes sindicales, todo ello en el marco de una descripción del entorno en la que se dan la mano con bastante solvencia costumbrismo y documento. Desde que Fidel y su familia emprenden el camino, el aire de comedia castiza, del tipo Manolito gafotas, se adueña de la función. A partir de este momento, este toque amable se convierte en nota dominante, sólo alterada en ciertas ocasiones por un humor mucho más corrosivo (secuencias con el mendigo, con la familia de portugueses y con los medios de comunicación), destinado a reconducir la historia al cauce de la denuncia con bastante eficacia. Estas situaciones hilarantes insinúan lo que podría haber dado de sí la película si se hubiera apostado por una línea mucho más radical y amarga.
En la parte final, el director se va decantando desde los postulados de la obra con mensaje humanista un tanto obvio (en el encuentro de Fidel con el marroquí, aquel llega a reconocer en este a un hermano, tal vez para redimirse de su comportamiento con los portugueses) hasta la fábula optimista: el minero es recibido por el rey, obtiene un nuevo puesto de trabajo, otros muchos obreros siguen su ejemplo… Con tanta oscilación, la intensidad crítica del relato, su valía como aldabonazo en la conciencia acaba por reblandecerse. La conclusión utopista, tan tranquilizadora e irreal como las perdices al final de un cuento, invalida lo que podía haber sido verdadero compromiso.
 
Hecha esta salvedad, debemos reconocer que, por la cantidad de temas que se van apuntando (los marginados de las sociedades desarrolladas, la lucha por la propia dignidad humana…), la película resulta muy sugerente como material pedagógico. Ante todo, debemos situarla en la órbita de esas obras que, de un tiempo a esta parte, se asoman al mundo del trabajo para corroborar que allí se encuentra uno de los mejores termómetros con que calibrar la salud de una sociedad. Por citar algunas: el tríptico de Ken Loach (Riff-raff, Lloviendo piedras, Mi nombre es Joe), la impresionante Rosseta (esa sí que es una obra sin concesiones, que apura hasta el fondo la verdad de los hechos que se están narrando, aunque escuezan), la simpática Full monty o la reciente Trabajo basura coinciden en exponer cómo, hoy por hoy, el trabajo es un problema: cuando falta, porque falta; cuando se tiene, porque suele ser alienante, deshumanizador y esclavo; cuando se termina, porque su pérdida puede llegar a dejarnos vacíos.
En definitiva, Pídele cuentas al rey abarca mucho y aprieta poco. Esto último lo deja en nuestras manos.

JESÚS VILLEGAS

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