Sobre la Disciplina

1 marzo 2006

Santiago Galve
 
Ya he hablado varias veces del tipo de educación, excesivamente rigorista, que imperaba en los tiempos en que comencé mi tarea educativa. Tal vez en aquella época la disciplina fuese el principal valor en los Colegios. Una disciplina que se entendía de un modo radical, y que llegaba a convertirse en un fin en sí misma. Similar actitud imperaba en las familias.
Pero la historia, según teoría hegeliana —aquello de tesis, antítesis y síntesis—, avanza cumpliendo la ley del péndulo, y en la actual situación, esta cualidad educativa, la disciplina, ocupa el lado opuesto del movimiento pendular, y es desdeñada con la misma intensidad con que en la anterior etapa era ensalzada.
Pienso que lo más acertado es encontrar el punto central del péndulo. Pienso que el auténtico sentido de la disciplina ha de rescatarse. Pienso que la disciplina ni es castrante ni frustrante, y pienso que educar en ella es el modo más idóneo para que los adolescentes no crean, como sucede con demasiada frecuencia, que los perros se atan con longanizas, que todo es fácil y que basta con pedir a papá, o quien competa, lo que les apetece, para conseguirlo, ya que esta actitud está llevando a los adolescentes a trasformar el mandato bíblico de comerás el pan con el sudor de tu frente en otro mucho más actual: comerás el pan con el sudor del de enfrente. Los de enfrente suelen ser papá y mamá. Y pienso que el consejo de mi viejo Maestro sigue siendo válido, si bien, buscando el oportuno equilibrio, habría que reducir los años a trimestres, o hasta incluso a meses:
 

El primer año, Sancho el Bravo. El segundo, Sancho el Fuerte.

y el tercero, Sancho Panza

 
Actualmente trabajo en bastantes Colegios, de diversa geografía y situación académica. Es curioso cómo en el primer contacto que tengo con ellos, sólo por el modo de entrar y colocarse los alumnos —suelo impartir mis charlas de educación sexual a todas las clases del mismo curso juntas, por lo que ha de hacerse en un lugar diferente al aula— ya puedo hacerme una idea del nivel de disciplina que hay en cada Centro.
Mi cuento de hoy tuvo lugar en un Colegio de Madrid:
El cursillo sería impartido a las cuatro clases de 2º de BUP (actual 4º de ESO) —unos ciento treinta alumnos— y fueron entrando, con sus tutores y algunos profesores, en el salón-auditorio. Tardaron en estar todos sentados no menos de diez minutos.
Me presentó el Director del Colegio.
Durante aquella breve presentación, percibí que los alumnos no guardaban silencio. El Director levantó su fornida voz, colocó su discurso, con moralina incluida, y se marchó de la sala. Yo pensé: si así escuchan nada más y nada menos que al Director del Colegio, qué podrán hacer con un desconocido…
Recordé el consejo de mi Maestro. Me coloqué delante de ellos con los brazos cruzados, sin pronunciar una palabra, mirándoles fijamente, y con semblante de pocos amigos.
Pasó el primer minuto —os aseguro que sesenta segundos en esta actitud se hacen eternos— y los cuchicheos continuaban. Los alumnos más revoltosos proferían risitas, escondiendo la cabeza, eso sí, detrás del compañero. Ninguno de los tutores o profesores tomó la iniciativa de pedir silencio a los alumnos de su clase. Incluso una profesora, de estas que consideran que deben ser coleguillas de los alumnos, me indicaba con gestos, señalando el reloj, que comenzara. Es significativo que, en una actitud muy educativa, estaba sentada sobre la mesa de proyecciones y apoyando los pies en el respaldo de la butaca de delante.
Todavía transcurrieron otros tres minutos y ya los alumnos más responsables fueron haciendo callar a los más díscolos. En total, cuatro minutos de reloj los que aguanté en mi actitud.
Les tuve, ahora sí, un minuto más en absoluto silencio.
Sin abrir la boca, señalé con el dedo, uno a uno, a tres de los alumnos que había observado eran los más jaraneros. Les hice una seña para que se pusiesen de pie, y luego, con otra seña les indiqué la puerta de salida. Cuando ya salieron, tomé la palabra, muy bajito, y dije:
— Mirad. Para mí la cualidad más importante de la persona es su palabra. Yo nunca voy a hablar mientras cualquiera de vosotros esté hablando. Por lo tanto, exijo el mismo derecho. Mientras yo sea el responsable de esta actividad, sólo hablará uno. Podéis hablar cuanto queráis y de lo que queráis, pero sólo uno.
La primera hora de clase la impartí de una manera muy seria, omitiendo ciertos dichos o anécdotas que en otros Colegios suelo narrar y ante los que los alumnos ríen con ganas.
Después del recreo, tanteé si ya dominaba la situación. Conté algo que les hizo reír. Hice luego un gesto como indicando ¡basta!, y se callaron.
En la tercera hora ya les tenía en el bote y me pude permitir el lujo de ejercer de Sancho Panza.
 
■ Consejos
 
 En tantos años de docencia he presenciado los graves problemas que algunos profesores tienen con sus alumnos, y que suelen salpicar al buen funcionamiento del Colegio. En muchos casos la causa raíz está en el no cumplimiento del consejo de mi buen Maestro. Es preciso empezar muy serio, luego ya te podrás permitir el lujo de ser gracioso.
 
 Este consejo también ha de aplicarse a los padres. Si los hijos no perciben seriedad en la exigencia justa, desde muy niños, luego es muy difícil hacerse escuchar, y más difícil aún hacerse obedecer en cosas esenciales.
 
 Son dos los principios que rigen el comportamiento de las personas. El principio del Placer, que se enuncia así: Si me gusta una cosa la hago, si no me gusta no la hago; y el principio del Deber: Si debo hacer algo, me guste o no me guste, lo hago. Si no se educa en estos dos principios, igualitariamente, no se está ayudando a hacer crecer a la persona. A quienes en las primeras edades no se les exige, tendrán graves problemas cuando accedan al mundo laboral, a la convivencia en pareja, a una situación familiar y social.