El comercio justo

1 enero 1998

Cada vez más, casi como autómatas, con di­nero en el bolsillo o tarjeta en la cartera, nos lanzamos al vacío del inconsciente consumo. Antes de comprar los distintos productos, nos preguntamos, a veces, por la relación pre­cio-calidad. Pero, ¿nos hemos planteado la re­lación precio-calidad-justicia? Por falta de in­formación, no caemos en la cuenta de que al consumir determinados productos de las mul­tinacionales estamos cooperando a mantener la explotación de pequeños productores del Sur; o que precisamente esos productos son tan ba­ratos porque en su fabricación se ha utilizado mano de obra infantil. Según datos de Le Mon­de Diplomatique (Diciembre, 1993), mientras que en Europa el sueldo de un obrero ronda las 1.200 ptas./hora, en Marruecos es de 133, en Polonia de 65, en la India de 51 y en Filipinas de 25. Así es fácil entender que los beneficios sirven para enriquecer a una minoría.

Existe hoy la posibilidad de transformar pro­gresivamente el comercio tradicional por uno más justo. En concreto, existe ya el comercio jus­to y solidario, también llamado comercio alterna­tivo. El principio fundamental del comercio jus­to consiste en garantizar a los productores del Sur una compensación justa por su trabajo. En el comercio tradicional este objetivo es obstacu­lizado por las ganancias abusivas de los inter­mediarios locales o internacionales. El comer­cio justo, pues, consiste en distribuir los pro­ductos, comprados directamente a los campesi­nos y artesanos del Tercer Mundo, de manera que sean ellos los que se beneficien. Este tipo de comercio justo nació en Holanda y allí se fundó la primera cooperativa de importación. Por los años 70, el modelo de comercio equita­tivo se extendió por numerosos países europe­os, creándose la EFTA, European Fair Trade As­sociation, con el objetivo de estimular la coope­ración, brindar un apoyo conjunto a los pro­ductores y luchar por la adopción de los princi­pios del comercio justo en prácticas comercia­les europeas.

El comercio justo se fundamenta en los si­guientes principios:

  • El salario de los trabajadores debe ser digno y en condiciones de salubridad y horarios adecuados.
  • El grupo productor debe garantizar y promo­ver la igualdad entre el hombre y la mujer.
  • El grupo local o cooperativa debe destinar parte de sus beneficios a proyectos sociales, es decir, a proyectos de desarrollo organiza­tivo y a mejorar la vida de los asociados: cre­ar guarderías para los hijos de trabajadores, proporcionar formación, herramientas, asis­tencia sanitaria, transportes, etc.
  • El grupo local debe tener un funcionamien­to democrático. No se acepta el trabajo infan­til, que explota a los menores.
  • La producción debe respetar el medio am­biente. El producto debe ser de calidad.
  • El 50% de cada pedido se paga por adelanta­do: este aspecto es de suma importancia para los campesinos porque, si entre una y otra recolección, se quedan sin dinero y no cuen­tan con otras fuentes de ingresos, se ven obli­gados a recurrir a usureros locales.

El comercio alternativo es una iniciativa re­ciente, que todavía está estructurándose y tra­tando de consolidarse. Actualmente se pueden obtener productos de este comercio en las tien­das solidarias, unas 2.500 en Europa y, en con­creto, 50 de ellas en España. Estas tiendas ven­den productos que proceden de pequeñas coo­perativas del Tercer Mundo; informan a los clientes; organizan campañas para explicar los efectos positivos del comercio justo, etc. Exis­ten algunas ONGs que tienen tiendas de este ti­po, como SETEM o la Asociación Rubén Darío.

En resumen, sabremos comprar consideran­do la relación precio-calidad-justicia, en la me­dida en que seamos capaces de pensar en las consecuencias positivas que de ello se derivan. ¡Aprendamos a ser consumidores responsa­bles!

FERNANDO y MARISA (Soria)

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