Sueños en la frontera – trabajamos con los jóvenes

13 febrero 2017

El mundo se escandaliza, y con razón, cuando conocemos que una de las primeras medidas de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos es la ampliación del muro, ya existente, en la frontera con México pero parece no escandalizarse de la misma manera por los miles de kilómetros de vallas y fronteras levantadas en distintos países de Europa y también en la frontera sur de España en Ceuta y Melilla.

Aunque en la Declaración Universal de los Derechos Humanos se reconoce el derecho a migrar, finalmente vemos como las políticas estatales contravienen el artículo 13 de manera sistemática con su orientación represiva de las legislaciones que convierten en delincuentes a personas por el simple hecho de migrar.  De hecho no son las migraciones lo que caracterizan nuestra época, sino su represión y la progresiva tecnificación de los controles de los flujos migratorios. Controles sobre las personas que migran, independientemente de cuáles sean sus motivos, ya sean forzadas o voluntarias. Una de las principales contradicciones del actual mundo en el que vivimos reside en que, habiéndose liberalizado la circulación de capitales, no se ha provisto en el mismo sentido la libre circulación de personas. Más bien, asistimos a un recrudecimiento del control y las violencias estatales así como a un aumento de muros, vallados y tecnologías de control de fronteras. Casi podríamos afirmar que las fronteras son demarcaciones geopolíticas que delimitan no tanto territorios, sino seres humanos, categorizando quienes tienen derecho a vivir, quienes tienen derecho a gozar de derechos, (incluidos esos mismos derechos humanos que decimos son universales), y quienes no.

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Durante 15 días he podido estar compartiendo vida, en la ciudad de Ceuta con un buen grupo de jóvenes que esperan el momento para hacer realidad su gran sueño europeo, sin conocer bien el arduo y complejo camino para poder ser “legales”. ¿Quién tiene ese poder para decir que una persona es ilegal? Experiencia intensa, profunda, de esas que dejan huella porque te encuentras de lleno con el terreno sagrado del otro, con su rostro dibujando sonrisas a pesar de sus experiencias de sufrimiento, dolor y vulneración sistemática de sus derechos. Sales a la calle, a su encuentro, allí donde están y el otro, el “extranjero”, te acoge sin recelos, abre su corazón, comparte la vida y relatos. ¡Qué injustas las fronteras! ¡Cuánto sufrimiento innecesario! ¡Cuántas heridas físicas y psíquicas por el simple hecho de querer transitar en libertad!

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Me siento afortunado y agradecido por cada uno de los inmigrantes con los que he podido compartir la vida en estos días. Me han enriquecido como persona. Me han ayudado a mirar de otra manera. Son verdaderos héroes. Sus historias hablan de valentía, riesgo, coraje, lucha, de no rendirse, de vencer dificultades, de sufrimiento, de fe, de confianza en Dios que acompaña en el camino y hace verdaderos milagros.

Denunciemos, con valentía, todas las situaciones de explotación, maltrato y violencia a las que se ven sometidas estas personas, a una sociedad que se protege y se defiende de quienes tienen los mismos derechos que nosotros, entre ellos el derecho a migrar, y la represión abusiva que se produce en las fronteras y manifestemos que la solución no reside en elevar muros, en duplicar vallas y colocarles cuchillas sangrantes, ni tampoco en endurecer los controles en las costas, sino en construir puentes que, por un lado, ayuden a mejorar las condiciones de países en vías de desarrollo y por otro, contribuyan a generar sociedades acogedoras, dispuestas al mestizaje cultural. En un contexto en el que la sociedad europea y sus políticas migratorias son más cuestionadas que nunca y en el que hay una mayor sensibilidad al fenómeno migratorio hay que romper el silencio, tanto de la población inmigrada como de la sociedad acogedora, para construir un horizonte nuevo que permita la convivencia, la integración mutua y la inclusión.

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Segundo García Fernández

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